Este fin de semana se celebró una nueva edición del Wine Rock en Mendoza, más precisamente en Lomas del Malbec, en Luján de Cuyo. Para llegar al predio había que atravesar un largo camino entre viñedos, y aunque el trayecto parecía largo, lo que esperaba al final era una verdadera joya escondida, dos escenarios, la montaña de fondo y una puesta pensada para quedarse a pasar el día entre copas y buena música.
Desde las cinco de la tarde, cuando llegué, ya se respiraba ese aire de festival de montaña. Entre los stands de vino y las primeras bandas, la gente iba instalándose en distintos rincones del lugar. Algunos buscaban sombra y comía, otros se acercaban a los escenarios o se quedaban en las filas para llenar sus copas de vino. El paisaje, la decoración rústica y ese sol suave de otoño marcaban el ritmo de lo que sería una gran jornada.
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PH: Nicolás Fridman
Cuando el vino acompaña cada acorde
Desde el vamos, el ambiente estaba cargado de una energía distinta. Dos escenarios, propuestas artísticas, stands de las principales bodegas y ese perfume inevitable del vino recién servido, pero también una variada oferta gastronómica. El Wine Rock regresó con fuerza, mezclando música, vino y paisaje mendocino en una jornada que se quedará en la memoria.
El festival no fue un line up de artistas, ni una degustación más. Fue una vivencia. Cada paso entre los viñedos, cada copa servida con generosidad, cada canción y persona que se animó a vivirlo sin apuro, construyeron un festival que se siente más como un ritual de otoño en la montaña.
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PH: Nicolás Fridman
La tarde comenzó suave, como una copa de blanco fresco, con Chechi de Marcos abriendo el escenario Cordillera. A su ritmo le siguió Feli Ruiz, que sorprendió con su estilo indie y una frescura que se ganó al público temprano. Mientras tanto, la gente recorría los espacios de experiencia o hacía fila para llenar sus copas, medidas generosas, por cierto.
A medida que caía la tarde, el escenario Cordillera cobró protagonismo. Conociendo Rusia logró capturar la atención incluso de quienes estaban lejos, sirviéndose vino o esperando en los stands de comidas. Bastó que Mateo Sujatovich dijera unas palabras para que el público se acercara en masa. Su show fue íntimo, emocional. Antes de cerrar su show se bajó del escenario para estar más cerca del público y se unió al "pogo" desde las alturas cantando Quiero que me llames.
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PH: Nicolás Fridman
Pero fue Julieta Venegas quien selló uno de los momentos más emotivos del festival. Subió con su bandoneón y un repertorio cargado de clásicos que se cantaron como si fueran propios. Ese camino y Limón y sal fueron unas de las más coreadas, y durante todo su set se respiró una calidez que desarmó a más de uno. Destacó el lugar y el clima que estaba haciendo, ya que se esperaba un poco más de frío.
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PH: Nicolás Fridman
Cuando ya estaba anocheciendo y las estrellas comenzaban a verse, El Kuelgue se encargó de encender la noche con su mezcla inconfundible de teatro y delirio. Julián Kartún se movía con soltura entre canciones, gestos absurdos y guiños al público.
El primer tema que tocó esta popular banda fue Peluquita y cerró la noche con La curva. La banda completa se lució, desde los vientos que bailaban hasta los músicos que ocuparon el escenario como si fuera una obra en movimiento. Fue un cierre descontracturado, potente y eufórico, en el que todos parecían saber que estaban siendo parte de algo único.
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PH: Nicolás Fridman
Y cuando parecía que no quedaba más, el DJ francés Sébastien Léger apareció con un set eléctrico que cambió el clima. Su propuesta sonora, lejos de romper la magia, la transformó.
Tatuajes entre viñedos: arte en la piel como recuerdo del festival
En medio de ese entorno entre artístico y etílico, una propuesta diferente capturó la atención de muchos. La del tatuador Martín Mallol, conocida en redes como @martinmalloltatuajes. Su stand, discreto pero magnético, ofrecía la posibilidad de llevarse un pedacito del Wine Rock grabado en la piel.
La cronista de esta nota, osea quien suscribe, lo experimentó en primera persona. Llegué al lugar a las cinco y media de la tarde, elegí entre una serie de diseños pequeños y simbólicos que podían ser copas, montañas o lunas y me tatue en pleno festival, mientras la música sonaba de fondo y las copas seguían circulando.
El zumbido de la máquina y el clima de complicidad convirtieron ese rincón en una especie de cápsula íntima dentro del bullicio general. Algunos lo hacían por impulso, otros como homenaje, pero todos se iban con una historia más para contar.